miércoles, 14 de diciembre de 2011

Exaltación Mística


¡Parla! Santo Silencio de mi vida, oquedad recóndita de mi espíritu, donde una nota mística pugna por dar el brote de aquella Melodía que presiento... ¡Parla! Dulce Nota, en el santo silencio de mi Silencio Santo, en la santa oquedad de mi callado espíritu. Allá en las profundidades de la Thule lejana que mora en mí, para que yo te escuche y oiga tu voz, tu sonido, tu melodía y sienta el gozo inefable de sentirme infinito...
¡Parla! Santo Espíritu, Divinidad oculta, Mágico Loto que te abres en mitad de tu existencia, para sentir el dulce Shámadi, el divino transporte de aquellos que han vivido en olor de Santidad...
¡Parla! Y libre de mis pecados —porque fueron pecados de inconsciencia— rozaré la cima de Francisco de Asís... y será Teresa y será Juan de la Cruz, los dos Guardianes de mi sendero dentro de la noche oscura y  procelosa de mi alma.
¡Parla! Porque advierto y veo más allá, de no sé qué caminos, como una vida extraña... ¿Es acaso mi misma vida? Tal vez. Pero, ¿qué fui? Sin embargo, sé que es mi vida. Y fui en ella, pequeño o grande, mísero ignorante o genio inmortal, mendigo o potentado... Yo no sé. Sólo observo, tras esa ruta clara, una gran inmensidad, un gran pueblo, un gran río y un algo infinito y eterno. ¡Un algo infinito y eterno donde yo he vivido!... Y quiero  recordar y es tan grande, tan máximo el recuerdo, que tiemblo de emoción.
¡Parla! Porque yo soy pecador... Verás. Yo soy pecador, porque hay una causa en mi, genésica, sexual, primitiva, que me impulsa, me arrastra... Se me ofrece la dádiva y como Eva, ante la Manzana Simbólica, claudico. Pero dentro de esta claudicación, en esta claudicación misma, para consumarla, mis ojos lloran lágrimas amargas. No quiero y quiero a la vez.  Puede más en esta lucha el Voló animal... Pero he de sahumar mi triste  claudicación, mi pobre flaqueza, con todo el sentimentalismo de mi alma. ¿Demonio? Sí. Y mientras lo soy, beso las manos del Ángel que me cobija con sus alas bienhechoras.
¡Parla! Porque yo noto que en mi mente va un algo extraño. Yo no sé definir... Dos alas de luz de Luna, se tienden a la diestra y a la siniestra. Una Estrella pentagonal, surge en el instante y un claro azul inmaculado la rodea. Brilla un momento, se concreta en toda su magnitud y luego se desdibuja... ¿Es mi forma de pensamiento? ¿Es un mensaje que alguien me envía? ¿Es que mi mente tiene esa forma gráfica, matemática, numérica de  condensarse? Yo no sé, no sé definir...
¡Parla! Porque los que me ven, los que me escuchan, no sienten como yo y se tornan incomprensivos... No saben cómo es y a cuánto alcanza este sentimentalismo mío, habitual, que abre hondos surcos en mi alma y mi propia alma trata de abrirlos en la de los demás... Pero los demás tienen otra nota vibratoria distinta y no comprenden. Creen que es un síntoma morboso, como el de la Neurastenia, y esperan que cualquier día, yo misma, ponga a mi vida el trágico epilogo de Werther. No. ¡Pobres de ellos'. Se equivocan. Ignoran que quien así piensa y quien así siente, acepta con santa unción su  propio sufrimiento y sabe resistir y afrontar la vida, que es más héroe aquel que la sufre con todas sus amarguras que el que le pone un prematuro epílogo.
¡Parla! Porque mi vida necesita de tu Voz Santa preludiada en el Santo Silencio de mi mismo. Porque yo ansío y preciso, súbito ya como un relámpago, algo en mí que sea Cumbre, que traiga Cima, que sea como un Himalaya gigantesco coronado de nieve...
Pero algo, en fin, donde ascender, donde alzarme, donde subir para sentirme inmensa y percibir ese gozo inefable de palparme infinito...
Donde mi propia voz hable un idioma trascendente que entiendan todas las edades y donde mis ojos no sepan de los tres enigmas del tiempo. Que Pasado, Presente y Porvenir sean una sola cifra y un solo instante del Todo, para vivir en el instante supremo de ese instante...





¡Parla! Porque mi vida — yo no sé qué es de mi vida — tiene para mí una extraña visión. Se me aparece en símbolo y es un dedo mágico, invisible, quien me señala el emblema... Mira, alguien me dice: Tu vida es eso. Y una Rosa magna, esplendente, de cinco pétalos gigantes, se abre ante mí  y sus bellos matices —que no son de este mundo— me fascinan, me hielan. Tras de esos cinco pétalos, otros cinco y otros cinco y tantos otros después... y noto que mi cuerpo se adormece, que mi vida se va, que cesa, que se acaba... Me siento morir y resbalo lentamente a lo infinito cuando aún es prematuro el  viaje. En mitad de la Rosa, un dibujo en zigzag. ¿Es Kundalini? ¿Es la princesa  dormida bajo la caricia del Loto? ¿Es la Sierpe de fuego, la Llama serpentina que ha de surgir en mitad de la Rosa?
¡Parla! Voz diáfana, que escucho en mi silencio. Sé pródiga y no cauta. Es tanto lo que sufrí que ya merezco tu dulce melodía. Háblame con claridad precisa, con clara y precisa claridad, y dame tu Mantram sonoro, tu nota nítida, pura, para que yo pueda despertar en mi alma el Sancta Sanctorum divino que, dentro de mi Arca yace esperando la palabra poderosa que rompa el hermetismo de su prieta cerradura...

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